CONFIDENCIA I – Cinco niñas me dicen; que yo soy blanca.

CONFIDENCIA 1 Cinco niñas me dicen que yo soy blanca:La Nueva Bagatela
CONFIDENCIA 1 Cinco niñas me dicen que yo soy blanca:La Nueva Bagatela

 

Semejante a los árabes y africanos que habitaban los meridionales, tales son los indios, los mulatos y los negros, los zambos, los saltoatrás, los tente en el aire, los tercerones, los cuarterones, los quinterones y los cholos o mestizos.

Los que tienen sangre de negro y de blancos se apellidan mulatos; los de mulatos y negro, zambos; los de zambo y negro, saltoatrás; los zambo y zamba, tente en el aire; Los de mulato y mulata, lo mismo; los de mulato y blanca, tercerón; los de tercerón y mulata, saltoatrás; los de tercerón y tercerona, tente en el aire; los tercerones y blanca, cuarterón; los de cuarterón y blanca, quinterón; los de quinterón y blanca, español, que ya se reputa fuera de toda raza de negro.

(Finestrad, 2000 [1789]:135)

 

***DIALÉCTICAS SOBRE LA IDENTIDAD***

 

La imagen de la memoria

 

Llegué a Yolombó, norte del Cauca. No supe porqué, solo sé que llegué, tal vez lo deseé tanto que se convirtió en realidad y no me di cuenta. Allí en donde están los Lucumi; donde está la negramenta; donde encontré las caras más lindas que he visto; donde el cabello lleva mil formas y mil colores; donde está la lucha y la constancia; donde se persiste, se aprende, se teme, se canta; donde la tierra es roja y el río también; donde se llora a los vivos que están muertos; donde el sabor está en el ser; donde les pertenece el oro pero se lo llevan otros; donde se pesca, se cultiva; allí donde la tierra se siente; donde bailar es una bendición de dios porque retumba la tierra al son de violines, tambores y marimbas; donde la piel es tan negra como las pupilas; donde hay más amor y fuerza que temor.

El sol golpea con tanta fuerza que se mete en la piel haciéndola brillar. El calor es casi insoportable, pero lo soporto. Las casas del camino son como otras del campo, salvo que en estas las niñas están en las puertas trenzándose el cabello, halándolo con esmero mientras ven pasar a los visitantes. Sonríen y sus dientes son tan blancos que se camuflan con las nubes. Su mirada es intensa y penetrante, tanto que me intimidan, así que bajo la mía y pienso: son tan bellas, tan ellas. Sus rostros parecen un óvalo pasados de armonía, que se conjugan con sus trenzas largas y rectas. Son un juego de gracia y belleza.

El río Ovejas suena a la distancia fuerte y poderoso, como gritando las injusticias de que ha sido testigo. Lo escucho mientras se mezcla con el sonido de la mototaxi que recorre la carretera con prisa y hace saltar piedras que golpean en mi maleta. En medio de coqueteos, quien conduce, un hombre joven y guapo que habla sandeces para llamar mi atención, finalmente me deja en las puertas de la escuela Santa Rosa de Lima, una escuela con dos salones y no más de treinta niños que se educan en la mañana, mientras en la tarde participan en los talleres que ofrecen un sinnúmero de organizaciones, universidades, grupos de investigación, la Alcaldía y personas interesadas de una u otra manera en el territorio, de lo que pasó y pasa allí, tantos otros como yo.

Me recibe Jenny, una líder de la comunidad. Es el cinco de septiembre del 2013, son las dos y media de la tarde y los chicos me esperan desde hace media hora, así que organizo los materiales con prisa: cartones, cartulinas, pinceles y vinilos. Entre las rejas que encierran la escuela, la Salvajina se asoma coqueta y lejana pero yo no la contemplo, tengo prisa porque en esta ocasión me esperan quince niños de entre ocho y diecisiete años de edad. Los miro, no emiten una sola palabra, pareciera que tuvieran amarrada la lengua, junto con una expresión en sus rostro de expectativa, desconfianza y cansancio por el calor que agobia, así que sin mucho preámbulo, comienzo con mi taller:

—Hablemos de la huella, ¿qué es una huella?
—La huella es algo a lo que le ponen un cosito para después ponerlo en una hoja —    Señala un niño que repara en sus dedos para referirse a la huella digital.
—Sí, pero ¿qué más es una huella?

Silencio profundo.

Me esfuerzo explicando los diferentes tipos de huellas: marcas físicas, mentales, rastros de objetos. No estoy segura que me hayan entendido así que, afanada por rescatar el taller, cambio de tema. Ellos no dicen una sola palabra, no sé si lo que hablo les interesa o simplemente son inexpresivos. Afanada, arrojo otra de las preguntas típicas formuladas a los niños:

—¿Qué quieren ser cuando sean grandes?

Automáticamente los chicos empiezan a gritar, estamos en el patio de la escuela, el calor no nos permite estar dentro del salón, aun así los gritos llenan el espacio de euforia, se levantan de sus sillas, sin moverse de su lugar quieren contar sus sueños y que los demás los escuchen.

Cada uno habla de sus expectativas. Sus rostros ya no son inexpresivos, las sonrisas de nuevo resaltan sus dientes blancos. Doctoras, futbolistas y cantantes, eso quieren ser, sueños de niños.

Parece que la pregunta ha funcionado, así que continúo:

—Bueno, hablemos de los sueños. ¿Qué soñaron anoche?, ¿alguien lo recuerda?

En un esfuerzo natural por recordar lo que soñaron la noche anterior, vuelve el silencio. Están sumergidos en sus sueños, no hay más gritos. Uno de ellos, Carlos, un chico de 9 años, piel oscura y labios gruesos, muestra apenas media cara porque el resto, junto con sus piernas y brazos, están ocultos, metidos en la camiseta de la selección de Colombia que llevaba puesta. Él solo quiere hablar de su sueño, está a punto de pararse de su silla porque no sabe qué hacer para  que lo atiendan, así que decide esperar. Mientras tanto hablan los demás, todos escuchamos mientras Yeimi, la camarógrafa asignada, nos acompaña en el recorrido. Cuando por fin llegamos a Carlos, entre tartamudeos y el acento que poco entiendo, nos cuenta lo que soñó la noche anterior:

—Yo me soñé que ya estaba grandote, que tenía como veinti pico de años y que estaba con    dos mujeres dándome besos en una piscina, y como a mi no me gustan las mujeres negras…
—¿Ah no? ¿Te gustan blancas de ojos claros?
—Bueno, sí —Mostró un poco vergüenza en su respuesta.
—¡No!, ¡blanca como usted!—Grita otra niña del grupo.
—¿Blanca yo?— Digo sin ocultar mi asombro.
—Sí, es que usted no es negra, usted es como beige ¡Negras somos nosotras!

Cinco niñas corren en son de juego hacia mí y juntan sus brazos con el mío, gritando que yo era blanca. Aún sin entender lo que me estaban diciendo, sentí que se me movió el piso. Algo me hizo sentir vergüenza, como a Carlos. ¿Cómo discutírselo?, no pude, no tuve con que.
Después pensé tanto en ese momento, en lo que había pasado, en lo que había sentido. Llegué a racionalizar mi vergüenza: a mí no me gustan los hombres negros. Podría dar mil razones, unas verdaderas y otras no tanto. Razones como el que yo no crecí con personas negras, excepto mi padre y mis hermanos, así que nunca nos reconocimos como tales. La gente que conocía hablaba de los negros de manera despectiva, sus chistes y comentarios terminaban siempre, a manera de excusa, con la explicación “es que ustedes no son negros, son morenos”. Y yo me sentía aliviada.

2. Dieciséis cuadros, dieciséis colores

 

Para mí fue siempre difícil el verme de una sola manera: por un lado crecí con la idea de que ser negro es malo; por el otro, llego a Bogotá y mis amigos me dicen negra; después me encuentro con personas que me refutan el no ser negra de raza, sino una beige o agua turbia, una que no viene de África, como ellos, como los que me encontré en el Cauca, los que me confrontaron reproduciendo un esencialismo difícil de discutir, obligándome a enfrentar una pelea perdida porque no estaba convencida sobre quién era, sobre si era (soy) negra. Espero que el lector no se ofenda con mis confesiones, más bien la intención es contarle mi sentir en un devenir personal que se liga a un sentimiento colectivo.

Es  increíble cómo, sin darme cuenta, crecí rechazando a los negros, a las personas con el mismo color de piel que el mío. Racismo, sí, un racismo que pareciera sentimos y padecemos todos: blancos, negros, indígenas. Yo lo he vivido, he sentido el racismo de los blancos y de los negros. Mi hermana, que se crió en el mismo ambiente que yo, también había crecido rechazando a los negros: si por equivocación alguien la llamaba negra, esa persona tendría al menos que soportarle una expresión de mal gusto seguida por unas frases parecidas a un regaño hiriente reclamando respeto.

En este punto es donde se develan las secuelas del proceso histórico que inició en la Colonia cuando, como había mencionado, a los negros se les trataba como mercancías, máquinas de trabajo sin ningún valor humano. Supongo que esto ha quedado en el inconsciente de la sociedad, ideas interiorizadas y mantenidas.  Alguna vez  leí un texto en el que se presentan las clasificaciones en la Colonia a partir de las mezclas raciales, texto del que retomo el epígrafe de esta confesión y que, como podemos observar, sobrepasan a las de negro, blanco, mulato, mestizo y criollo. En las pinturas de aquella época muestran las diferentes castas en 16 cuadros, a cada una se le asigna una actividad económica, vestimentas y tono de piel. Santiago Gómez Castro, en dicho libro, Hybris del punto cero, habla de  los tipos de sangre:

  1. De español e india, Mestizo.
  2. De mestizo y española, Castizo.
  3. De castizo y española, Español.
  4. De español y negro, Mulato.
  5. De mulato y española, Morisco.
  6. De morisco y española, Chino.
  7. De chino e india, Salta atrás.
  8. De salta atrás y mulata, lobo.
  9. De lobo y china, Jíbaro.
  10. De jíbaro y mulata, Albarazado.
  11. De albarazado y negra, Cambujo.
  12. De cambujo e india, Zambaigo.
  13. De zambaigo y loba, Calpamulato.
  14. De calpamulato y cambuja, tente en el aire.
  15. De tente en el aire y mulata, No te entiendo.
  16. De no te entiendo e india, Torna atrás”.

En una de las reuniones del grupo de estudios del que hago parte, escuché a una persona comentando: “Es que ahora hay unas clasificaciones raciales nuevas, unas que le están enseñando a mi hijo en el colegio”. Me parece que esto habla de la poca información que se nos ofrece, desde la educación básica, sobre el asunto. Yo tampoco la recibí, y me entero hasta ahora por mi interés personal de ahondar en el tema. Esta historia se omite de la educación pero ¿Por qué no se enseña como cualquier otra historia del país?

 

Paola Lucumi - La nueva Bagatela

Escrito por  Paola Lucumi 

Fragmento de la tesis «CONFIDENTE»

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