El cruel pecado de la ignorancia

La universidad me nutría de diferentes modelos de pensamiento, los mitos griegos y sus grandes aportes al pensamiento occidental fueron quizá, el primer dardo existencial que la academia lanzaba. Como un buen ejercicio de historia, los grandes textos (algunos descontextualizados) ampliaban el corto panorama que los colegios habían dejado en nuestras pequeñas mentes. En algo se tenía que diferenciar la educación superior y hablar mal del otro era una buena estrategia.

Estos mitos eran el inicio de una tendencia filosófica, que numerosos autores tomarían a través de los años como una excusa, para alimentar, explicar o refutar ideas anteriores, formando con esto el pensamiento que dominaría por siglos la historia que era «digna de ser estudiada».

La calidad de sus textos que, en sus mejores traducciones al español, solo nos mostraban las palabras que desconocemos, dejaban un camino de migajas en el cual era muy fácil perderse. Sin contar que, la calidad de las fotocopias que leíamos de mejoraba con el tiempo, que leer un capítulo no era entender la idea de un libro completo y que el salto entre pensadores confundía más de lo que aporta. Así fue como la academia nos enseñó a resumir la historia que debía ser estudiada.

«El gran universo del lenguaje se abre ante nosotros para mostrar la insignificancia de nuestra existencia y el cruel pecado de la ignorancia…»

Naar

Con el tiempo, investigación y la retroalimentación en los corredores antes de cada clase, los grandes paradigmas escondidos del pensador de turno, mostraban la cara. Simplificando las palabras, reconociendo las ideas principales, tal vez mal interpretadas, pero necesarias para responder a los parciales que no median si comprendimos o no un pensamiento determinado, siempre y cuando la cita que hiciéramos de este estuviera bien hecha.

A pesar de tener otra clase de aprendizaje dentro de la academia, un aprendizaje más enfocado al «hacer» cuyos enfoques intentan expandir nuestros sentidos, ver más allá de los prejuicios, aprender las teorías en la práctica y tener la experiencia de sentir fuera de los libros. Los nombres de Kant, Sartre, Hegel, Heidegger, Freud, Lacan, Foucault, Adorno entre otros filósofos que aprendimos a pronunciar pero nunca a escribir, eran cada vez más solicitados en nuestros trabajos.

Contradictoriamente, las materias prácticas se tornaban teóricas, los «maestros» solicitaban expandir nuestros sentidos por medio de un hacer específico, refinando nuestras técnicas a través de «experiencias sensibles». Posteriormente nos pedían justificar mediante textos dichas experiencias. La obra no bastaba, si detrás de esta no tenía un referente, una historia o cualquier cita que sirviera de justificación para nuestro hacer.

Los proyectos de clase (las tareas) se encargaron de sistematizar aún más los procesos de creación. Se pedía un ¿por qué? que naciera de las necesidades reales y los intereses de cada creador, lo que no notamos fue, que cada calificador influía en el ¿por qué? de sus estudiantes. Parámetros de presentación, normas de escritura, tiempos de entrega, en fin, las reglas claras de un juego que se alejaba de los procesos personales para imponer el ritmo y las necesidades de un mercado cambiante, un contra reloj que llamamos semestre.

¡Ahora entiendo porqué la llaman Carrera!

Sin duda alguna el texto que más me marcó dentro de la carrera no lo encontré entre las fotocopias desdibujadas por el tiempo, ni en las «grandes» publicaciones académicas de mi Alma Matér, esté lo encontré por accidente en las redes sociales, mientras descansaba de la ardua búsqueda de mis intereses. Una noticia resaltó entre los grandes mares de información que por allí transitan, con un título, casi imposible de ignorar

En Colombia, regalar comida es más costoso que tirarla a la basura
En Colombia, regalar comida es más costoso que tirarla a la basura

Este texto lleno de tecnicismos resumidos pudo reflejar la condición humana aun más que esa condensación de pensamientos filosóficos (de complejos universales) que la academia nos impartía. Los hechos, aquellas cosas que se estudian en las clases de historia pero que son continuamente obviados en el hoy, fueron los que me generaron el ¿por qué? más importante de mi carrera.

A diario la prensa colombiana publica esta clase de titulares, con algunas noticias más fuertes e indignantes que otras, es por eso que mi ¿por qué? no tenía nada que ver con la indignación mediática o los métodos de hacerle publicidad a la publicidad de los diarios. Menos aún en cómo, desde el arte, se pueden representar esta clase de acontecimientos. Más allá de un gesto «simbólico», un «dibujito» o una «pinturita» que ilustre dicha realidad (con la particular mirada de un artista), el titular de un medio de comunicación ya lo dejaba claro. «En Colombia Regalar la comida es más costoso que tirarla a la basura». Es por eso, que mi pregunta estaba más cercana al por qué (tras conocer esta clase de noticias) no pasa nada ¿por qué no pasa nada?

Después de esa noticia mis ensayos y proyectos artísticos seguían con su fecha de caducidad, mis «maestros» continuaban calificando una carrera que cuestiona los juicios de valor y la comida se seguía botando para ahorrar dinero. La Vida en general seguía su curso. Evidentemente mis intereses ya no estaban en la presentación formal de una obra o en las fórmulas y estrategias que existían para justificarla. Sin salirme mucho del libreto, hice todo lo posible para transmitir esas mismas inquietudes como aspirante a artista.

Por más esfuerzos que hiciera, los requerimientos que tenían mis maestros nunca cambiaban, eran los mismo, una obra y un texto que la justifique, un proyecto que explique el desarrollo de una obra, las historias o los discursos escondidos detrás del arte.

Fue así como intenté cambiar las reglas del juego (o eso quería pensar), al mejor estilo del arte conceptual, usé el lenguaje como obra. Adapté las preguntas existenciales y las teorías filosóficas (aprendidas en la carrera) para polemizar la labor de mis jurados. Cuestioné las obras de mis compañeros y las de mis profesores, como un método para demostrar que El NO HACER NADA, era tan válido como los que SI HACÍAN ALGO, ya que las dos acciones (desde el arte) tenían el mismo impacto en la sociedad. No cambiaban nada.

Las conclusiones se tornaron amargas, ninguna de esas acciones respondieron mis preguntas, solo generaron discusiones triviales con aquellos que no aceptaban mis argumentos. Ya sea por EGO o por un sincero acto dialéctico, las discusiones se alargaban hasta que el único argumento que les quedaba sobre la mesa, era recordar la jerarquía que tenía nuestra relación por medio de la nota. El resultado era el mismo un texto que justificara el texto.

«Me siento tonto tratando de justificar mi sensibilidad con palabras que no son mías, ante un grupo de personas que siempre intentarán contradecirme, con pensamientos que no son suyos…»

Naar

El lenguaje puede justificar cualquier cosa, una obra de arte, un discurso político, o el desperdicio de recursos vitales en pro del «progreso de un sistema». En este mismo instante está justificando una tesis de grado.

Fragmento de la Tesis Retratos de una era

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