El país del olvido

Las promesas de transición, de una vida de infortunios a una de prosperidad, las nuevas peripecias de mercadeo a una mejor alfabetización, la democracia, la demagogia a la seguridad democrática, las leyes de justicia y paz, el florecimiento de la ciencia y la técnica… hacen parte, de un sin número de entelequias que nuestros gobiernos nos exhiben a través de una imagen civilizada llena de paz, orden, de armonía… que al final resulta siendo, una imagen “veraniega” falsa, ya que hay una visión que nos antecede, es una visión más realista: explotación, odio generacional, dominio, impunidad… no digo, que no haya que desear ese feliz verano, sino que antes, hay que verlo de otro modo, porque no, para empezar, con los ojos de un pasado victimado echado al olvido.

“Una lengua que no sea capaz de combatir su propia barbarie se convierte en cómplice de ella” (Melich, 1998. Pág. 174). Hay que recurrir al pasado, al recuerdo, como oposición a un olvido y silencio impuestos, legitimadores de impunidad. Porque se han negado los crímenes que nos han causado profundos dolores, porque la identidad de muchas familias Colombianas fue amancillada, la ausencia del Estado ha sido latente, sueños y proyectos de vida fueron sepultados en fosas comunes, porque las ideas de “justicia”, “reparación” y “reconciliación” se plantean desde una institución que ha sido cómplice por obra y omisión, porque hoy nos enfrentamos a una sociedad cuyo ser, instituciones, su orden social, ha sido forjado en una gran masacre que se ha extendido a lo largo de nuestra historia, porque, es un silencio cómplice el no decir que el banano, la palma, el ganado, el petróleo, el oro y demás riquezas del país, se han construidos utilizando prácticas genocidas.

(LEA: Un Sueño Llamado Arte)

En nuestro país, esos esfuerzos por rescatar la memoria, van regentados por la idea de recuperación de los sueños y proyectos de una sociedad, que a través del aniquilamiento quisieron sepultar, por un re-conocimiento de nuestra historia, a través de la memoria colectiva. Pero esta se encuentra reprimida e invisibilizada, por las maquinarias que perpetúan los intereses del poder oficial. Por un lado, no siendo estos los únicos, pero sí de mucha relevancia, está la historia institucionalizada, recluta, a posteriori de tiempos, que busca establecer su interés sobre ciertos acontecimientos, fechas o sucesos, señalados por el análisis del historiador bajo una objetividad científica establecida (Bohórquez, 2010), donde no se exalta lo que verdaderamente pasó, sino que se anula, donde la memoria resulta siendo siempre sospechosa, por tanto busca rechazarla y destruirla (Pierre Nora, 1984-93), insistiendo en el olvido de un pasado violentado, que ha sido ahogada por la legitimación del discurso del victimario. Por otro lado, la versión oficial, Construida desde los escenarios dicotómicos de las versiones libres, donde la verdad queda sujeta a lo que los victimarios tengan a bien confesar, y el estado, tenga a bien permitir confesar, vulnerándose así la dignidad de la víctima. Y por otro, el sujeto comunicacional hegemónico – muchas veces alienado a la defensa del establishment o del status quo – actuando desde lo mediático, en el marco de la creación de un imaginario social de la guerra en nuestro país, a través del bombardeo de información, supuestamente verosímil, sobre el ciudadano de a pie, que, aunque la ve y escucha, en realidad, no comprende el fondo de lo que acontece, aunque convencido, divague creyendo de que si lo sabe.

Estas maquinarias han sido usadas para actuar a través de la máscara de lo verosímil, haciendo uso de su arsenal retórico de manipulación, inclinado a hacernos creer que sus discursos se conforman a lo real y no a las propias leyes del poder que dan forma a la verdad, de hecho, son los únicos que tienen voz, más aun, son a los únicos que escuchamos, dándoles el poder de la palabra, revalidando una vez más que ellos son los que hablan y nosotros solo nos limitamos a escuchar. Por ende, en una sociedad donde hemos minimizado el oír al otro, el “silencio” (Melich, 1998), resulta ser una buena práctica, en donde, los que siempre han hablado, se limiten a escuchar, a aquellos, que se han limitado a callar; para que esa memoria colectiva, a través de la oralidad, cobre vida, para que así, la historia contribuya a la creación de nuestra propia subjetividad, en la medida en que se pueda contar o narrar (Melich, 1998). Y aquello, que se puede narrar, es lo que aún no ha desaparecido, lo que aún no ha sido suprimido de nuestra memoria, que se va construyendo, bajo un constante proceso dialéctico, al estar frente al otro, movido y conmovido por sus imágenes heredadas del pasado – que no siendo el pasado literal – las adquirimos y transmitimos a través del relato, el cual, a su vez, se convierte en la exhumación de la imagen del pasado. Y es allí, de ese amasijo de recuerdos comunes, que descansan en un conjunto de personas, según el lugar que ocupan, según las relaciones que se mantiene con el otro, según la cultura… es, desde donde la memoria colectiva obtiene su fuerza y duración, donde cada memoria individual es un punto de vista sobre esa memoria colectiva. (Halbwachs, 2004).

Como individuos e integrantes de una sociedad, el recordar es una actividad vital, que nos sugiere que necesitamos de aquello sucedido para construir nuestra identidad y alimentar una proyección del futuro (MOVICE, 2010). Estos recuerdos se articulan y construyen memoria, donde el pasado, el presente y el futuro se encuentran, remitiéndonos a aquellas atrocidades sedimentadas y a los reclamos hacia el futuro, en donde el rememorar, según Salamanca (2009), fuera de epistemologías positivistas y racionales, despeja un nuevo camino de acercamiento y entendimiento de la veracidad de un hecho, que puede aclararse y reconstruirse desde la narración de las experiencias propias y colectivas, surgiendo una memoria integradora, que dicho sea de paso, no solo halla su lugar en las narraciones o testimonios que se aprehenden bajo un carácter informativo, que luego es transcrito y archivado, sino que se extiende a densidades simbólicas (imagen, alegorías, metáforas…) de aquellos relatos que sugieren una reacción solidaria con ese pasado victimado.

En todo este acontecer, han estado siempre presentes, como mecanismos de registro de esas experiencias vividas, como testigos directos y fundamentales, los sentidos. Siendo ellos, a los que debemos acudir como episteme sensorial, para devolverle a la memoria ese presente eterno e instalar ese recuerdo en lo sagrado, en lo concreto, en el espacio, el gesto, la imagen y el objeto. (Pierre Nora, 1984-93). A la hora de acudir a esas densidades simbólicas hacia donde la memoria se extiende, es propicio, entonces, pensar en el arte, entendiéndolo como ese mero accionar sensible del ser, manifiesto en el mundo, que, aunque suene muy romántico, precisa en ser una idea lo menos contaminada de todo el andamiaje económico-mercantil canjeable. Desde donde se acudan a conmociones intensas que inquieten y no aquieten, que reconozca sus límites y acceda a ser expandido, que replantee y cuestione aquellos códigos de uso político con los que se ha tratado de colonizar las memorias. Pensar en el arte, que, bajo sus prácticas y significados, desarticule representaciones e impresiones oficiales.

El arte es un medio que puede darle ese privilegio a las simbologías, a las alegorías, a las metáforas e incluso a la misma imagen exhumada por ese relato. En fin, concebir ese arte que no permite el olvido, ni niega la memoria inscrita y enmarcada en los cuerpos, lugares, objetos, en el mundo de los vencidos. Entendiendo que negarla, es negar la autoridad de sufrimiento de las víctimas de nuestra historia; que propender por el olvido con el propósito de legitimación de la impunidad, es negar al ser en el conjunto de su subjetividad, sensibilidad e impresiones en los grandes acontecimientos de su vida, cuya importancia se cifra, en esa capacidad para quedar incorporados en su memoria consciente. Es quitar autonomía a la memoria, cuyo trabajo implica siempre, una selección sensible de la materia del pasado.

 

 

Jose Luis Gutiérrez Martínez - La Nueva Bagatela

Escrito por Jose Luis Gutiérrez Martínez  

Fragmento de la tesis «Memoria Archivada»

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