El pozo

Desmonoronados, foto de Adriana Duarte
Desmonoronados, foto de Adriana Duarte

Salió corriendo sin pensarlo dos veces, fue pasando una cuadra tras otra, a veces se estrellaba contra la gente; eran las 8 de la mañana y todos se movían apretados y sin sincronía. A pesar de que casi nunca corría, su cuerpo no se quejó, ni se detuvo. Llevaba 20 minutos tratando de dejarse a sí misma atrás, buscando que el viento que atravesaba la cambiará de una vez por todas… Estaba concentrada en esa sensación hasta que el pito de un bus que casi la estrella, la devolvió al mundo. Paró, notó su respiración agitada, sintió que iba a desvanecer y puso las manos sobre las rodillas.

Al fin llegó a casa. Se derrumbó en la cama y lloró 7 minutos y 30 segundos seguidos. Se quedó dormida, fue un sueño profundo, como casi nunca. Tuvo la sensación de que fue corto a pesar de que había pasado casi medio día durmiendo. Ese día no fue a trabajar. No pudo. En realidad le costó levantarse de la cama para ir al baño… le dolía todo, sentía la cabeza muy pesada y los ojos heridos… quizá temía verse al espejo. Y no lo hizo, por lo menos ese lunes de agosto, no lo hizo.

Se preparó un té y vio a la ventana. Todo igual, los carros y las personas se movían… mientras que ella los veía, como si estuviera hipnotizada por un silencio incontrolable. Un silencio ruidoso para ser sinceros, porque todas las frases se cruzaban como trenes perdidos.

No quería y no podía hacer nada más, nada. No quería bañarse, ni comer, ni leer, ni escuchar música, ni siquiera escribir que era lo que la aliviaba. Estaba cansada, pasmada. Sonó el teléfono… era él. Tampoco le contestó… ¿qué le iba a decir? ¿Cómo le iba a explicar que se había ido?

«un día perdido» pensó.

De repente su cápsula se rompió. El vecino del 106 había puesto una canción… esa maldita canción: rompió otra vez fácilmente en llanto. Y entonces recordó a su padre cerrando la puerta, siempre saliendo, siempre de paso.
Las lágrimas bajaron más lento, formaron un pozo en medio de sus piernas… y allí se vio. Se vio sus arrugas, vio su nariz más respingada, admiró la forma particular de sus labios, esos labios tan finos que producían una forma peculiar de contacto. Pero sobre todo vio su mirada, ajena y firme. Tanto tiempo había estado mostrando sus lágrimas, tratando de hablar a través de ellas, que había olvidado los secretos que ellas le contaban. Se vio tan llena de ella misma y en un acto que consideraba ridículo pero que sintió necesitar, se abrazó.

El martes llamó a su jefe, fue a la oficina pero sobre todo y sin vacilar, contestó el teléfono.

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Escrito por Adriana Duarte para
la Nueva Bagatela

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