El Transeúnte

Era una cita más y me encuentro buscando entre el desorden de la habitación del hotel Oliba mi Grabadora Sony ICD-PX45, el compacto rectángulo negro que solía ataviar por entonces mi oficio de periodista. Intenté que la grabadora tuviera un espacio reservado, un lugar aparte que me permitiera tenerla al alcance pero mis bolsillos no tenían, como era de esperarse la horma de este oficio. Se trataba de mí, y del estoicismo de un periodista en plena mitad de su longevo camino, perteneciente a la generación de los amigos que jamás volvimos a ver por falta de Red Social, rehusado a la era informática y al inicio del internet en los años 90s, hoy, prehistoria. Mientras de forma adusta me observaba frente al espejo repasando una a una las preguntas programadas para la entrevista, me doy cuenta que empieza a faltarme el oxígeno y es la procrastinación la causante de esta ansiedad. Me doy a la marcha para caminar por la Ciudad de Nueva York, con tal de poder culminar la tarea más fundamental de ese día: coronar la entrevista con Amartya Sen, padre de la Teoría del Desarrollo Humano.

Mientras me dirigía al metro pensaba en el terrible malestar que me ocasiona la procrastinación, me recriminé la ansiedad que me genera una tarea sin hacer y ese sentimiento de reconcomio que me producen las cosas pendientes. Así que tuve que apurar el paso y parecía que le caminaba a la ansiedad mientras la serenidad trataba de alcanzarme. El aliento me volvió al rostro cuando por fin pude visualizar una punta de la estación, pero de repente un atronador sonido se quedó para siempre en la memoria de mis oídos, un ruido apesadumbrado que te indica que ‘estás aquí y en este instante de la vida’.

Ubiqué la vista sin dirección alguna a causa de la sordera, se trataba del primer avión que impactaba en el World Trade Center, un rojizo humo infernal sobresalía en el intersticio de las dos torres. A partir de ahí, otros gritos me ensordecieron, me quitaron la calma, impasible ante mis piernas flacas y temblorosas, pero empático con el dolor de los demás transeúntes. Entre el despliegue del horror comprendí algo: absolutamente nadie ese día cumpliría con una cita, ese día, la única cita que cumpliríamos todos sería con la historia.

Observaba a lo alto del cielo, y poco a poco el reconcomio por la cita que no coroné se iba yendo, perplejo entre las emociones y el indecoro humano del instante. Recuerdo visualizar con frialdad celulares y cámaras fotográficas, y pensar a manera de afrenta con la Era Digital de entonces, que de todas formas aquel instante no tendría la fuerza de convertir a los aficionados en un Abraham Zapruder. Hoy entiendo que todos abruptamente y sin lugar a negociarlo, éramos Abraham Zapruder pues estábamos en el lugar de la historia.

No sé cuánto tiempo transcurrió, hasta que la ley y los socorristas nos agolparon a muchos más metros de distancia de las torres, aunque mi terquedad me permitió ponerme a 500 metros de los rascacielos; y entonces el desfile del horror volvió a emerger, cuando la torre sur fue impactada por otro avión.

No habían niveles de comprensión útiles para esos instantes, mientras mi cuello y mi espalda se agotaban por el esfuerzo de mirar hacia el cielo, hacia ese infierno que quedaba en lo alto, pensaba que ese segundo impacto ya no era una casualidad del destino, ya no quedaban probabilidades de un posible accidente aéreo, algo o alguien se estaba tomando Nueva York y yo estaba ahí. Hojas, cenizas, personas desesperadas en las ventanas, sacando pañuelos y abrigos, fuego y humo conformaban la nube de horror qué lográbamos ver sobre nosotros, los transeúntes.

A 500 metros, pude ver cómo el lugar se iba llenando de camarógrafos profesionales, reporteros y más curiosos, pude ver personas que brotaban de los lobbys de la torre norte y sur, personas qué asomaban sus cuerpos ahuyentados por ese miedo que sólo generan las evacuaciones, escoltados por socorristas que les gritaban: ‘¡Rápido, no miren hacia atrás, rápido!’. Del lobby vi brotar una persona tras otra, parecía como si las torres los vomitara, vi corriendo mujeres con los tacones en sus manos mientras les sangraban los pies; casi todos los evacuados que vi salir siguieron las indicaciones de no mirar hacia atrás, pero todos miraron al cielo, con el rostro sorprendido de salir del infierno mientras no daban crédito, que allí afuera, libres de la muerte, el escenario era mucho más apocalíptico.

Entre la nube abarrotada de escombros sobre nosotros me pareció ver un abrigo caer, luego me di cuenta que se trataba de un bulto más pesado que un abrigo, y en realidad se trataba de una persona. Presencié más de un suicidio en cada ventana de la torre norte, pequeñas masas sólidas cayendo durante varios segundos, la asonada muerte se asomó entre Leyes irrefutables de gravedad, y la más ríspida muerte entre todas las muertes pululaba entre el cielo y la tierra; las primeras lágrimas que colonizaron mi rostro, se debieron a que con cada salto que alcanzaba a ver lograba comprender que definitivamente la muerte es un episodio difícil de comunicar, y que el deseo de morir, es el desespero codificado de una arenga desordenada e insondable en el alma de quien padece.

Plausiblemente iba llegando a mí todas las veces que deseé aniquilarme en el pasado, y ahora como el héroe de mi propia historia estaba presenciado el suicidio de otros, pero no por eso me sentía menos culpable, porque imaginaba que muchos de los que vi lanzarse por las ventanas probablemente no sabían, al igual que nosotros qué era lo que estaba pasando exactamente, ríspida muerte no sólo por las alturas, sino porque en su propia agonía no encontraron explicación alguna, ni tampoco otra oportunidad como la que me dio a mí la vida una y otra vez. Todavía recuerdo el sonido de ese primer impacto sobre el suelo, y los demás sonidos de otros cuerpos los terminé censurando, no los pude memorizar por mi bienestar, pero mis lágrimas los lloró a todos, eso es seguro.

Me di vuelta, comencé a caminar, comencé a alejarme de la tragedia y conocí algo nuevo en mí, algo que sólo un instante de este tipo podía enseñarme, y es que al final no era tan buen espectador del horror cómo solía creerlo, pero, ¿Quién lo es? El caso fue que los suicidios me parecieron suficientes, así que caminé en sentido contrario a ese horror y busqué acortar camino para regresar al hotel, pero avenidas y calles principales cerradas me lo impidieron, empecé a sentirme como un desventurado, cómo sí no poder regresar cómodamente al hotel fuese peor que estar adentro de las torres; en el camino que escogí de regreso, me descubrí perdido entre la turba, entre el ruido de las sirenas y bomberos corriendo, entre otros rostros, entre otras memorias; con cada persona con la que me agolpaba entre el desconcierto lograba sentirles una somera forma de nostalgia, esa nostalgia de que unos instantes de horror lograran sucumbir otras memorias alrededor del World Trade Center.

Cuadras más allá era tan inmensa la turba sobre los andenes, que decidí entrar a un café. Al ingresar me di cuenta que aquél lugar era de esos sitios pretensiosos, que buscan combinar servicios y productos nada semejantes.

Fue así que me encontré en un café que era además barbería y SPA para uñas, decorado y organizado al mejor estilo inglés.

¡Qué lastre de lugar!

Me impacientó ver que adentro la barbería y el SPA para uñas siguiera funcionando, hombres y mujeres esperando un turno, mientras el espacio pequeño destinado para servir el café estaba medianamente solo.

El lugar estaba en una penumbra dado el corte de energía que se extendió desde la zona cero y unas cuántas cuadras más allá. Me senté y pedí un café con brandy, mientras sin pedirlo, una de las manicuristas me alcanzó la prensa, aunque no hubiese motivo alguno para enterarme de algo reciente porque era casi imposible que un periódico estuviese actualizado, cuando todo estaba pasando en Nueva York y nadie estaba preparado para eso.

No obstante, los que nos encontrábamos allí, hacíamos una especie de ritual alrededor de una radio a baterías que se escondía detrás del mostrador. El locutor se impacientaba ante las palabras que debía usar para contar lo que ocurría, —qué trabajo tan arduo debió haber sido para ese locutor y todos los demás en el mundo informar describir ese día— se notaba su esfuerzo por narrar el impacto de dos aviones sobre dos rascacielos, pero para lograr convencer, solo se necesitaban dos cosas: oyentes con imaginación y capacidad de asombro humana y no periodística, solo así se lograba transmitir por radio la noticia.

El ritual creado alrededor de la radio, pronto se nos convirtió a todos en una hoguera difícil de apagar, sentimos todos un fuerte sonido que provenía de afuera en forma de una histeria colectiva de horror, allá afuera por entre los visillos en las ventanas del lugar, no sé cuántos transeúntes vi pasar corriendo, y no sé cuántas veces escuché gritar la palabra ‘Dios”. Entre los presentes, la multitud que corría afuera y el locutor, entre ese fluir del caos lento me enteré que la primera torre se había venido abajo, y entre los dientes el locutor musitaba una y otra vez la caída.

Continuará…

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