Estética social y estado policial: Hacia una Colombia inviable

Asusta que se le otorguen poderes discrecionales a la policía, siendo ésta una institución cuyos miembros se han visto involucrados en abusos escalofriantes. Con el código de policía se puede dejar sin alimentación a toda una familia, porque acá importan los olores de los callejones y no los seres humanos.

ESMAD - Fotografia de Omar Vera
ESMAD – Fotografia de Omar Vera

El nuevo Código de Policía sanciona con una multa de $393.449 hacer el amor en público, y con $196.724 el porte de armas como puñales, porque en Colombia es más grave amar que matar.

Este país, acostumbrado a la estética de la violencia que premia la irracionalidad de la fuerza y proscribe las manifestaciones de amor, encontró en el Código de Policía el libro sagrado para su enfermedad social: la esquizofrenia paranoide colectiva. Y es que los colombianos, pese a nuestra máscara de normalidad, escondemos una mezcla de egocentrismo, aislamiento, pérdida de contacto con la realidad e ideas delirantes como que somos un país viable, entre otros síntomas. Así, el nuevo código de policía es esa camisa de fuerza y tratamiento de electrochoques que nos venden como solución, pero que solo empeora la situación.

La ley 1801 de 2016, el flamante nuevo Código de Policía de Colombia, es la cuota inicial de un estado policial basado en una corriente degenerada de la tesis de la “estética social” desarrollada a partir de la primacía de la forma y lo “bello” por encima del ser humano mismo. Para empezar, no se trata de un código de convivencia, como es su nombre original y pretenden que lo llamemos, sino un compendio de normas que otorga poderes omnímodos a las autoridades policiales para que ejerzan el papel de correctores de la moral y la “vida decente”.

El nuevo código no solo es inconstitucional por muchas razones, para empezar porque fue tramitado como una ley ordinaria cuando debió serlo como una ley estatutaria en cuanto toca los derechos fundamentales de los ciudadanos, a la luz de lo que contempla la constitución política de lo que se supone es un estado social de derechos, sino que además evidencia la desesperación de muchos sectores de implantar un modelo de Estado basado en una “estética social” que no es otra cosa que la universalización de la infamia. Es decir, a través del código de policía se materializa el deseo de muchos líderes que consideran lo que ellos llaman “orden” como lo deseable; esto es, una sociedad forzada a ser lo que a ellos les sirve que sea.

El tema es tan irracional, que orinarse en las calles –donde no hay baños públicos, por cierto- es más costoso que el salario mínimo mensual vigente. Es decir, lo que millones de colombianos ganan mensualmente para intentar alimentar a sus hijos, no les alcanzará cuando las necesidades del cuerpo apremien en las calles de ciudades donde –vale repetirlo- no hay baños públicos. Con el código de policía, con el infame fin de que las calles estén limpias, se puede dejar sin alimentación a toda una familia, porque acá importan los olores de los callejones y no los seres humanos. Es aquí cuando sale a flote que el soporte ideológico de este adefesio jurídico y sociológico es la “estética social”, trastocada en la primacía de la forma sobre lo sustancial, una degeneración del estudio estético-social llevado al campo de la mera “belleza de forma” aplicada a una polis “ordenada” en donde los ciudadanos están al servicio de esa “belleza”, sin que ésta sea el resultado de las lecturas inter e intra textuales de la vida y los sujetos en comunidad.

Lo que más asusta es que se le otorguen poderes discrecionales a la policía, tales como trasladar “por protección” a una persona, o realizar requisas sin que medien motivos fundados, sobre todo siendo ésta una institución cuyos miembros –e incluso institucionalmente- se han visto involucrados en abusos escalofriantes contra poblaciones específicas, como golpear salvajemente a un discapacitado en silla de ruedas, o exigir sexo grupal a una menor de edad en un CAI a cambio de su libertad tras una riña sin consecuencias. En su artículo 150, el código de policía eleva a la categoría de resolución judicial a la orden de policía, exabrupto que no solo no reúne las formalidades de una resolución judicial, entre ellas las garantías procesales y el derecho a la defensa, sino que por obra y gracia de quién sabe quién convierte a los policías en jueces y fiscales.

Como si fuera poco, el parágrafo del artículo 155, que trata del “traslado por protección”, permite la detención hasta por 12 horas de personas que presenten “comportamientos agresivos y temerarios” contra autoridades policiales; es decir sin que medie proceso judicial y mucho menos condena, se autoriza a la policía a meter preso a quien le reclame a un uniformado que no violente sus derechos, como usualmente pasa. La pregunta es ¿por qué en un artículo que trata de medidas de protección que supuestamente buscan preservar la vida e integridad física de las personas, se apresa a quien tenga un altercado con un policía? ¿Entonces se busca proteger al ciudadano del policía?

Basta con ver quiénes apoyan el nuevo código de policía con alborozo cuasi orgásmico, para ilustrar mejor lo que he dicho. Personajes como el secretario de gobierno de Bogotá, Miguel Uribe Turbay, nieto del expresidente del Estatuto de Seguridad bajo el cual se practicaron torturas, asesinatos de estado y desapariciones forzadas, y cuya oficina culpó a una mujer violada y asesinada de su propia muerte, lo ha elevado a la categoría de mandamiento divino. El alcalde de Bogotá, quien ordenó la utilización de la fuerza policial a través del ESMAD contra una familia que desesperada pedían que se realizara el levantamiento del cadáver de su madre muerta en la vía pública por falta de atención oportuna en una institución de salud, también apoya irrestrictamente el nuevo código de policía. El alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, quien festejó que ciudadanos asesinaran a dos atracadores que los robaban advirtiendo que otros iban a caer de la misma forma, incluso ya tiene lista la burocracia y la tramitomanía para el cobro de las multas del código. En fin, quienes apoyan el código son personajes de dudosa calidad humana y cuestionable ética que han privilegiado modelos de ciudades donde el ser humano es solo un accesorio más.

No falta mucho para que, basados en esta degeneración de esa estética social que soporta el nuevo código de policía, se criminalice la pobreza, porque los pobres tenemos “cara de criminales” y hacemos ver feas las ciudades.

Alex Guardiola Romero - LNB

Escrito por Alex Guardiola Romero

Este texto fue tomado de Opinemos’s con permiso del autor
para ser publicado por los editores de la Nueva Bagatela

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