A Head Full Of Dreams

Corría el verano y su aviso de que pronto contraería matrimonio no me cayó de sorpresa pero tampoco como anillo al dedo. Mi hermano mayor en ese entonces era un tipo de 28 años con ínfulas de ser un tipo gamberro y liberal, aunque en el fondo se tratase de otro conservador más que observó en el matrimonio las quimeras de una estabilidad emocional que por sí solo no era capaz de tener.

Meses antes de ese fatídico 11 de marzo, él se había visto envuelto en todos los preparativos de su boda, había vendido su carro a precio de huevo con tal de terminar de pagar la casa en donde su novia y él vivirían su historia de amor como recién casados. Esa necesidad de buscar que el 11 de marzo como los días venideros a esa fecha fueran lo más parecido a una historia de amor a lo Corin Tellado, hizo que mi hermano incluso desistiera de realizar un viaje humanitario con su grupo de investigación a Nepal. Era por ese entonces un completo desconocido para mí, estaba acostumbrado a su forma desafinada de ser un tipo lleno de ínfulas ‘importaculistas’, a quién le parecía que más allá de su trabajo no existía nada ni nadie que mereciera algo de tiempo y entrega.

Días antes a la fecha del matrimonio me esperó a la salida del colegio, me llevó a jugar fútbol y a comer helado, luego más tarde en casa jugamos a la lucha libre y terminé con un cúmulo de morados en mis brazos y piernas. Con esa forma tan infantil de demostrarle amor a un hermano, me estrechó una caja de chicles y me convidó uno, acepté la oferta con la desgracia de que la caja de chicles era una trampa para ratones y mis dedos quedaron prensados. Con algo de risa él se acercó a mí y me pegó un calvazo para luego salir corriendo y encerrarse en su habitación, yo lo seguí como pude pero me alcanzó a botar la puerta de su habitación en la cara.

Llegó el 11 de marzo y durante nuestro último desayuno en casa molestamos sobre la mesa, me tiró las servilletas en la cara y volcó mi jugo de naranja sobre los huevos. Él, como siempre tan pesado con las bromas y tan maldito con los chistes, no paraba de reírse de mí y de decirme que era un idiota.
Perdidos en nuestros juegos, mis padres comentaban más entre sí que entre nosotros sobre las dificultades de llevar un matrimonio, el tema lo cambió mi hermano cuando paró el juego para preguntarme sobre qué iba a ser cuando fuese más grande. Mi rostro languideció de inmediato, no quería responder a esa pregunta porque papá y mamá eran por ese entonces, personas terrícolas de oficina resignados con la vida que no comulgaban con mi imaginación, pero como una última muestra de fraternidad conmigo mi hermano volvió a cambiar de tema.

Mi muestra de solidaridad con el matrimonio de mi hermano consistía en arreglarme una hora antes de la misa, por lo que decidí perder el tiempo que me sobraba en la internet. Pero unos ruidos que provenían de la habitación de enseguida me perturbaron la calma de la procrastinación, pues eran ruidos garrafales de martillazos y objetos cayéndose al suelo. Salí de mi habitación y me acerqué para verificar la razón de ser de los estruendos, pero no era sino la estampa de un niño adulto empacando sus cosas y su ropa en grandes cajas como todo un anciano. Como los Darling, mi hermano ya no volvería más a Neverland.

Sentado en su cama, mi hermano hacia el engorroso trabajo de clasificar entre sus pertenencias las cosas que se irían con él a su vida de casado y las que no; era apenas normal el aura apesadumbrado de su habitación sacudida, pues no hay trasteo que no signifique una melancolía aplazada lista a matar.

El viento que entraba por la ventana de su habitación movía los visillos con una melancolía conmovedora, mientras los ojos de mi hermano que me observaban parado vigilándolo desde el pasillo, evidenciaban a un hombre contemplativo con el desorden de su habitación deseando ser otra vez un crío. Poco a poco la garganta se me iba llenando de aspavientos, eran las emociones viajando a mil por hora por la sangre, así que me senté a su lado y lloré, lloré como si él me estuviera haciendo una maldad de aquellas en las que yo decidía ser siempre la víctima para tener la potestad de llorar bajo las naguas de mamá.

De seguro una decisión como la de casarse, siempre deja a su paso daños a terceros, bueno, pues yo era uno o me sentía uno. ¿Acaso hay una maldad peor que esa? Él me estaba abandonando, se iría de la casa y todo cambiaría, me quedaría solo. Me sentía como la sombra de una figura, como la de Viktor Frankl, quien tuvo que ver cómo lo separaban de sus familiares en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Qué nivel de incierto. Claramente un matrimonio no es una cámara de gas —aunque el concepto no resulta tan alejado en sí—, tenía miedo de quedarme sin él, tenía miedo de experimentar una nueva dinámica en casa tras su ausencia pues nada sería lo mismo.

No me abrazó, porque es y siempre ha sido un importaculista de mierda, pero seré sincero, esa actitud me hizo reconocerlo más, me hizo sentirlo más. Acercó sus manos a una caja en la que reposaban libros y cds los cuales habían estado antes en su estantería, me pasó ‘A head full of dreams’ de Coldplay, y me dijo mientras pasaba su mano por mi cabeza:

-‘No sé qué tengas en esa cabezota, pero si son sueños, no hay nada de malo con eso, es un buen comienzo…’

De forma inmediata levantó la pesada caja con todas aquellas cosas, me sacó de su habitación a patadas y volvió a tirarme la puerta en la cara. Me quedé con el CD y desconozco si el niño adulto, que era por ese entonces mi hermano, lloró del otro lado de la puerta; pero puedo asegurar con exactitud que el niño que fui siguió llorando del otro lado por querer arreglar las cosas que todavía no entendía.

 

Ingrid Martínez - La nueva Bagatela

Escrito por Ingrid Martínez

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