Isabela

Aquí el que no baila está jodido. Isabela se mueve como trompo. De tantas personas que conozco, son apenas unas pocas las que no han envidiado su contoneo, su forma única de soltar la cadera y mover las piernas como si fuera un animal imparable. Me gusta, me gusta que me guste. Carga con la colombianidad a flor de piel. Me hamaco en esas cejas negras, marcadas, esculpidas por el aire húmedo que viene del mar y que allá se siente todo el tiempo. Ojos negros que brillan con los pasos. Expresiva como ella sola. Maravillosa.

La primera vez que vino al Bembé Candelario bailó con don Martín. No recuerdo las canciones que bailó con él, pero sí la dispar armonía que juntos encarnaban: don Martín con su pantalón negro de siempre, tal como sus zapatos de punta y su camisa rayada, que también era negra aquella noche; Isabela con un esqueleto blanco, pantalón negro abombado, y una moña blanca que recogía su cabello. Negrísimo cabello largo, espolvoreada calva. Radiantes. Toda una combinación.

Cualquiera que baile con don Martín habrá de sentir júbilo, eso es indiscutible -baila con el sabor primigenio, el de encanto natural-, pero la expresión de Isabela me hizo saber, ya desde entonces, que ella realmente amaba el baile. Que amaba moverse, soltar el cuerpo, embriagarse de oscuridad, parloteo lejano, música y movimiento. Pocos sabrían apreciar como ella una canción con don Martín. Vi que disfrutó de la buena pareja, que gozó el intercambio inusual y privilegiado. Desde entonces siempre la he visto cuando viene.

Me gusta bailar -¿cómo no?-, pero más me gusta la música, el ritmo, el galopante tintineo o golpeteo, los brinquitos allá en las teclas. Me encanta ver bailar, eso sí, pero no adoro el baile como Isabela. ¡Ah! Ella se mueve sabroso, tanto que la palabra deja de ser coloquial por ser precisa. ¡Cómo fascina! Miro sus pies, miro sus piernas. Miro sus ojos y pienso en un gato.

Miro sus pechos, también, de una potencia absorbente, exultantes y vivos con el movimiento. Mala cosa, podría ser, pero creo con transparencia que de tanta devoción sólo puede nacer respeto. ¡Mujer divina!

Brilla agitada, realmente brilla. Baila hasta perlar sus mejillas curvadas por la sonrisa. Baila tanto que lo bailaría todo. ¿Bailaría Jazz? ¿Bailaría a Gillespie en Tin Tin Deo? Lindo, extraño. Memorable. Me hundiría con ella si lo hiciera. La imagino delante de mí bailando, con su rostro de ojos que me clavan el caribe, con pasitos cortos, rapiditos, con pedagógica sonrisa. ¡La besaría tanto si lo hiciera! Pero no sólo entonces la besaría, también en la pista lo haría. Sí. Unos tragos no vendrían mal, el borroso sabor de un beso ebrio sin metáfora, tan alongado, tan sorpresivo… ¡Ah! ¡Besaría tanto a Isabela!

Está de nuevo en su mesa. Aprovecha esta canción que les dieron por tregua. Descansa tres mambos y Los Charcos. En el grupo de al lado dos gringas comentan entre risas admiradas el movimiento de sus amigos colombianos. Isabela no comenta el baile, el baile ya fue, él mismo se pronuncia, él mismo se comenta. Habla de cualquier cosa mientras se abanica, y me sonríe, sin que sea precisamente a mí a quien sonríe.

Qué año tan largo y tan parecido ha sido el que por este tiempo se cumple. Hoy como la primera noche. Ahí está incluso don Martín, relampagueando todo el Bembé Candelario con sus blancos dientes mientras charla con Tomás, que también aquella vez unía realidad y grabación con su guacharaca viva. Y aquí estoy yo, como la primera noche, aquí. Sí, aquí, a unas mesas de distancia y ya con un año encima. Lejos, embelesado por el canto de ese cuerpo de mar en movimiento. Lejos. Como del mar, como del baile catártico. ¡Ah! ¡Pero escuchando qué canción! Como para tener a Isabela contra mi frente, húmeda, susurrante. Cerca, cerquita y despacito. ¡Qué canción! ¡Ja, Isabela! ¡Qué canción! ¡Fuera Willie!

 

Escrito por Juan Sebastian Sabogal

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