Lejos de los límites del lenguaje

Lejos de los límites del lenguaje y sus explicaciones esta es la historia de un bello encuentro entre dos criaturas de distintos submundos.

Hablar de ella es decir que era vida, solo eso. Vida envuelta en pelos y calor, en sonidos, en ronroneos. Recordarla es pensar en su sexy y esbelta figura, en sus ojos cristalinos y la reunión de todos estos elementos que parecía la oda a la belleza que se oculta en lo simple.

Esa tarde ella había recorrido una distancia significativa insertada en un extraño, estrecho y oscuro dispositivo. Parecía que conocería a un nuevo extraño.

Los extraños son criaturas que como ella también saben mirar fijamente pero dotan de sentido todo lo que les rodea. Ese dotar de sentido los pone en una posición de poder donde criaturas como ella son simples invitadas ante sus ojos.
Ella era simple y eso la hacía bella. No pensaba, no reconocía y no se detenía a pensar en si esas anteriores palabras tenían algún sentido o ¿qué era una palabra?. Ella no necesitaba eso, con sus grandes ojos hablaba, con sus movimientos bailaba, jugaba y con su calor daba afecto.

Cuando finalmente llegó notó que su espacio había cambiado. Sus rincones eran otros y sus objetos distintos.

Él, el nuevo extraño solo podía mirarla mientras que reconocía en ella los patrones que hacían fácil su entendimiento.A caso ¿qué era tener una vida a su cuidado?, se preguntaba.

Por primera vez se sintió responsable de la condición de su especie.

Como todos los primeros encuentros este fue raro, dos criaturas de distintas naturalezas se reunían por primera vez. Él se veía más nervioso que ella y ella solo se sentía incómoda.

Ella lo miraba fijamente con sus ojos grandes y azules, como si pudiera leerlo.

En esa conversación de miradas se entendían, y en ese momento ella aceptó a su extraño. Supo sin entenderlo muy de fondo que él era ahora la persona.

La persona a la que podía pedirle que le rascara el lomo e incluso llorarle para pedirle comida.

Sin razones y sin explicación aparente esa noche ella se acercó a él y se recostó a su lado hasta que lo sintió tranquilo. Los dos durmieron plácidamente y los submundos al menos por ese instante se derritieron.

Después de eso, se siguieron hablando con la mirada, ante ella él parecía el extraño con pelos más amoroso que había podido encontrar, sin esperarlo había inundado su casa con regalos, tenía una nueva cama y todo su alrededor parecía dispuesto para ella. Hasta él. Quien al borde de una cama hacía de mesa, de colchón y de sala de juegos.

La vida en forma de pelos cuidaba a este sujeto, lo esperaba a su llegada todos los días y todas las noches hacía de su momento una fiesta. Le bailaba y lo distraía de sus oficios y a él le parecía divertirle que ella hundiera su pequeña cabeza en medio del sofá, o que al tratar de atrapar mosquitos se deslizara torpemente.

Ese era el lenguaje de los dos, una declaración de disposición sin intención, un contrato de protección y calor.

A su responsabilidad como especie él había sabido responder con lo único que quizás salva a esas mentes que dicen estar dotadas de sentido. Él cuidaba a esa criatura con amor, y esa palabra tampoco significativa para ella los había envuelto completamente.

Esta reciprocidad indescifrable para quien está condenado a comunicarse con palabras terminó un día sin previo aviso. A él le llevaría tiempo entender que este poema, no era más que un salto de su especie, una salvación sin nombre para quien logra querer y compartir con el temido otro, ese animal, gato, o como quieran llamar a esas criaturas que se pasean entre nosotros enseñándonos a mirarnos.
 
 
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Escrito por Adriana Duarte para
la Nueva Bagatela

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