Pensando

Street fotografía de Juan Sabogal

Un hombre camina de regreso a casa y observa todo lo que sucede a su alrededor. «Todo irá bien» pensaba mientras caminaba, poco a poco sentía que se estaba acercando a las calles de su barrio. Recorre manzana tras manzana, aparentando no existir, intentando no ser parte de la humanidad deshumanizada que le rodea, transitando sin llamar la atención. «…así es más seguro» – intentó convencerse- de pronto levanta la mirada, ya está llegando a su calle, que es considerada por muchos como la más peligrosa de la ciudad;…bienvenidos al fin… se logra leer en un malogrado aviso ubicado en la esquina por la que se ingresa a la calle. «¿Por qué vivo en este lugar?» -Se dijo, mientras daba un paso tras otro sobre la calzada, adentrándose cada vez más en este lúgubre sitio del que muchos no logran salir- «Con este salario de mierda no puedo pagar por más» -responde en su monologo- Ajusta su abrigo intentando cubrir su miedo, además de la protección que naturalmente da contra el frío invernal, sin embargo el frío es más sencillo de repeler que el miedo, pues en sus ojos, en su frente sudorosa y en sus pasos temblorosos se puede percibir. Acelera el paso un poco, sólo debe recorrer cuarenta metros. «¡No es mucho!», -se dice dándose algo de valor-. Hay que tener cuidado, cualquier paso en falso puede significar tropezar con alguien no deseado y a su vez puede significar el fin; en esta calle se mata como muestra gratis, eligiendo al azar un transeúnte para comprobar la mira de las armas que se venden en algunos de los edificios.

«La vida no nos pertenece ya», reflexiona mientras camina. «Los débiles y desarmados somos el juguete de los “fuertes y poderosos”». Mientras estas palabras giran en su mente intenta contar en paralelo los pasos que ha dado, lleva 39 sólo faltan 15 más para llegar a la puerta del edificio donde vive. «Quince pasos no son nada». Pero aun así debe continuar a ese ritmo, acelerar podría convertirlo en un blanco más; de pronto se encuentra frente a su puerta, abre lentamente e ingresa, ese instante se hace algo eterno, da dos pasos dentro del edificio y la puerta se cierra a su espalda, se siente a salvo. Ahora debe subir las escaleras, su apartamento está en el piso siete, mientras comienza el ascenso observa las puertas de los otros apartamentos y continúa con su reflexión.

«¿Será que el encapsularnos en nosotros mismos nos hace olvidar a los otros? ¿Eso nos hará temer u odiarles más?». A su alrededor hay un silencio que sólo se corta en algunos pisos, donde los gritos que vienen de la calle, los televisores, las peleas de algunas parejas y el lloriquear de algunos niños, hace vibrar el aire, pero esto no detiene sus ideas. «Al encerrarnos únicamente en lo que nosotros pensamos, no permitimos aceptar opiniones distintas, buscamos por el contrario imponer la nuestra, pues es la única que conocemos…» De pronto suena un disparo en la calle, pero él ya no reacciona con mucha sorpresa y continúa. «Si creemos que nuestras ideas son buenas y tememos que las ideas de los otros sean malas, al no conocerlas, imponemos las nuestras como método de defensa frente a los otros…». Un grito retumba en el pasillo, la pareja del 506 nuevamente esta de pelea, todos los días es igual, pese a ello es la pareja que más años lleva en este edificio.

Finalmente llega a la puerta de su apartamento, allí se siente totalmente seguro. Fue un día largo, acomoda su almohada, está dispuesto a conciliar el sueño pero sus ideas no lo dejan, el cuerpo quiere descansar pero la mente no deja de lanzar cosas, una tras otra, una tras otra. «Si todos vivimos encerrados en nuestras propias ideas, ideas débiles frente a la diversidad que negamos y las imponemos como medio de defensa frente al mal, ¿existirá alguna forma para construir ideas buenas y fuertes con quienes hemos negado siempre?…». En este punto él cree haber encontrado algo curioso, reacomoda su almohada. «Tal vez el hombre ensimismado si es un lobo para el hombre…» -Pensó recordando las afirmaciones de un viejo libro- «Si nuestras ideas individuales no son más que la parte de un todo mejor y aparentamos fortaleza frente a los demás únicamente para no ser atacados, puede que una solución sea acercarnos al otro y entablar un dialogo, de esta forma muchas ideas pequeñas construirían una mayor…» -¡Eso es!-dijo-. Él cree haber llegado a una posible respuesta frente a lo que impulsa la inseguridad y la violencia a la que teme a diario.

«Por esta noche ya está», estira su brazo izquierdo y apaga la vieja lámpara que tiene junto a la cama, al fondo, el ruido de sirenas retumban en la calle, sin embargo busca finalmente conciliar el sueño; sabe que aun cuando reflexione todos los días una bala puede penetrar su cuerpo sin importar que ideas tenga en mente, pues las balas igual que muchos hombres no escuchan.

 

juan-sabogal-la-nueva-bagatelaEscrito por Juan Sabogal para
La Nueva Bagatela

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